John Jairo Ariza de la Rosa, docente de inglés de Bogotá, se une a la comunidad de Tejiendo Versos con un cuento sobre la vida en medio del conflicto colombiano. Un relato lleno de dolor, pero también de valentía, amor y esperanza.  

 

-Sierra Morena, Ciudad Bolívar. Bogotá D.C. Diciembre de 2008-

Feliz…  tan feliz como una lombriz en agua puerca quedó el acogido al programa de “reinsertados a la vida civil” tras observar la forma ensangrentada, dinámica y avellanada de su primogénita. El parto se dio en el albergue donde él y su mujer residieron por siete meses y con la ayuda de una comadrona improvisada porque la cría había llegado antes de tiempo. Cuando supieron que iban a ser padres decidieron que su hijo no sólo nacería, sino que además lo haría bien lejos del monte infernal que los rodeaba. No importaba dónde, mientras la semilla germinada creciera a salvo de la implacable bestia subversiva hasta dar fruto. Aunque la huida estaba planeada desde antes de saber del embarazo, el escape fue resultado de una decisión acelerada.

Ahora aquel amargo recuerdo languidecía ante el llanto de un ser infinitamente esperado. En una frente cubierta por abundantes cabellos mojados, las gotas saladas del nuevo papá se fundían con la sabia roja de la primeriza mamá. Lágrimas y sangre se unían mientras corrían hasta desaparecer en la piel morada de su criatura. En el albergue, apartados del peligro que representaba el que alguien descubriera que entre la manigua, además de implacables mosquitos, montones de culebras y ranas tan extraordinariamente bellas como mortales también se gestaba otra accidentada vida humana, estuvieron de acuerdo en que si tenían una niña la llamarían Flora.

Una ilícita flor fue la que los acercó. La intensidad con la que procesaban sus amapoleólicos encuentros le dio una vía fácil al amor. Un amor consumido en una escueta enramada que todos llamaban cocina, sobre una mesa de grieta profunda y tablas húmedas. La mesa era sostenida en su centro por un tronco de ébano que parecía salir erecto desde la tierra caliente y perderse en lo que para él debía ser su cielo: una superficie rota por él, atravesada por él, unida a él. Aquel amor de palo y tablas sólo pudo ser testificado por la clandestinidad y el silencio.

Como excombatientes recluidos en una casa de pocos años que a juzgar por la humedad parecía respirar el frío ancestral de una zona deprimida en el distrito capital, recibían mucho menos de los dos millones cien mil pesos entre sueldo y bonificación que les pagaba la guerrilla. El Estado les proporcionaba alimentación básica, un kit de aseo, afiliación a la ARS, un bono para vestuario y un subsidio de transporte para un total de setecientos mil pesos mensuales para cada uno. Eso, sumado a las horas eternas calentándose dentro de las cobijas, mirando para un techo de concreto enmohecido u oyendo de repente algún disparo pandillero no era suficiente estímulo para dos personas cuyo activismo en otra época les valió el respeto de sus compañeros de lucha. Ciertamente aquello se alejaba de las expectativas que tenían con respecto al nacimiento de su primer bebé y aunque las nuevas circunstancias los obligaran a sentirse resignados, ellos no se mantuvieron conformes.

 

-Región Caribe, Algún lugar de la selva

Su mujer tuvo que tragarse en tres ocasiones el vomito, comer a pesar de que el olfato contradijera al sabor simplón de las raciones e intentar avanzar a pasos firmes, por un camino a veces pendiente y escarbado mientras su espalda sostenía un cargamento personal cuyo peso era superior a su propia voluntad. Estos, fueron los determinantes del escape. Ya no esperarían a que las putas de algún pueblo se encargaran de consentir al comandante y a los demás hombres el día en que la columna celebraría la fiesta de la virgen del Carmen. Tenían que escapar  tan pronto como les fuera posible o correrían el riesgo de que alguien advirtiera la bien disimulada gravidez.

Ellos no eran precisamente el blanco sobre el cual los ojos desgastados de su comandante disparaban miradas fulminantes. Allí se contaban con los dedos de la mano los hombres de confianza y los dos, con más de 15 años al servicio de la guerra, hacían parte de un selectísimo grupo que podía salir del campamento para cumplir labores de espionaje en el sitio que lo requiriera.

Sabían que al cumplir una misión como civiles era casi imposible escabullirse. Por fuera el camuflaje de otros milicianos era tan invisible como para alguien común el de ellos mismos. La misión consistía en poner una carta bomba en el despacho parroquial de un pueblo cercano. El sobre con sello de la iglesia que debía contener un importante donativo destinado a la fiesta patronal que se acercaba, les fue entregado por el experto en explosivos del comando, un gigantón de pelo largo pero escaso que se comunicaba más en lengua de señas por hablar un español muy machucado.

No porque creyeran en la eterna condena de sus almas sino porque deseaban con todo el poder de las suyas salvar la inocencia del ser que estaba en gestación, el atentado contra el cura latoso que promovía la resilencia entre sus fieles debía ser abortado muchas horas antes de su ejecución. El extranjero terminó de dar las instrucciones sobre la activación del explosivo y se fue a lavar para retirarse a descansar. Con el paquete en su dominio, media unidad descansando y el comandante bebiendo un Johnny Walker que traían cual si fuera dulce desde Venezuela, la oportunidad estaba puesta. El llegó hasta la tienda de su superior con el pretexto de entregarle un mensaje urgente; la relativa cercanía entre ambos hizo desechar de la mente del cincuentón engafado las sospechas que por su naturaleza maliciosa, el comandante solía tener sobre cualquiera. Explosión repentina, grito endemoniado, salida presurosa, consternante agitación y un enérgico “¡Agarren al gringo!” como código de escape para la ansiosa preñada que en un punto específico de ese campamento lo esperaba.

 

-Colombia, entre la urbe y la selva

El día que lo hicieron, un amor de burros en celo forzados a llevar cinturón de castidad, él le contó que tenía siete años y estaba escondido en un costal de papas cuando vio el asesinato tortuoso de sus padres. Llegaron con el “acabatodo” sol del mediodía. Siete hombres sin uniforme los sacaban a rastras del rancho; mientras a su papá lo amarraban desnudo a un árbol de mango, otros hacían fila india para violar a su mamá frente a los ojos de su padre. Al oír rasgar el vestido de su esposa uno de sus brazos logró liberarse tan sólo para ser desprendido de cuajo por un feroz machetazo. Unos accedían a la masa corporal de su madre por delante y otros, por detrás. Esta aún ponía resistencia lanzando madrazos con voz ronca y escupitajos de muy corto alcance así que ellos la hicieron descansar disparando a quemarropa. Todavía atado y consciente castraron a su padre y lo dejaron desangrarse. Tardó más de una hora en salir del costal en el que uno de aquellos siete hombres lo había escondido. Ese mismo tiempo le llevó al rojo oscuro que emanaba de su padre fundirse con el marrón acuoso del río donde él, sus padres y las bestias que criaban, limpiaban la suciedad de sus cuerpos.

Pasar tres días durmiendo entre los animales que habían dejado los verdugos, comiendo los mangos del árbol en el que encontró a sus padres y cavando allí mismo sus tumbas con las manos, fueron suficientes motivos para que la transición mental del niño hacia el hombre se diera en tiempo récord y dentro de un uniforme de matices selváticos. Se fue con uno de los tantos grupos alzados en armas que se disputaban la región. ¿Los mismos que le habían regalado la orfandad? Aunque mucho se lo preguntara, esa tormentosa idea perdería con el tiempo su importancia.

A kilómetros de distancia, a miles de metros sobre el nivel del mar y sintiéndose más o menos seguro, el ex terrorista según política de muchos, bandido autómata que arrancó el aliento de militares y civiles a filo de cuchillo o descargando metralla, trabajaba ahora como vigilante de un banco. Ahí soltó una risa imperceptible a los oídos de los visitantes del lugar que custodiaba. Le pareció un mal chiste que aunque la situación ya no era igual, a sus manos regresara el mismo instrumento letal que por la vida de su hija, su mujer y él habían jurado nunca más volver a disparar. Si antes la prioridad era estar vivos ahora lo era el bien estar. La posesión voraz de un arma como método infalible para supervivir… El uso racional de un arma como recurso legal para sobrevivir.

 

En  cualquier  parte

Después de la fuga llegaron a la base militar más cercana pero contrario a lo que esperaban, el descanso, la satisfacción y la alegría no fueron las primeras emociones resultantes del escape. El soldado que hacía guardia observaba atento las dos figuras que se aproximaban como medio corriendo, entre la bruma de la madrugada y con los brazos levantados. Reaccionó a pocos metros de un encuentro frontal inevitable pero detuvo la descarga del Galil no ante la actitud suplicante de los desertores sino al notar la mancha expansible que salía de entre las piernas de la sudorosa mujer.

Aquel fue el primer indicador de un embarazo de alto riesgo. Las precarias condiciones en las que había comenzado su gestación más el mundo de obstáculos que tuvieron que sortear para salir ilesos de aquella maleza pasaban su cuenta de cobro. Traslado de inmediato a la ciudad, rápida reincorporación a la vida ciudadana y reposo absoluto… Desocupación absoluta.  Ese era el peor castigo al que se podían someter, peor aún que permanecer tres días consecutivos sin ración porque eran condescendientes con algún secuestrado que tuvieran a su cargo.

Con el lento morir de aquellos días, a ella se le olvidó por un instante la recomendación médica y en un acto mecánico intentó vaciar el agua de las goteras que tenían en un rincón de su desteñida habitación. Tomó la cubeta, la levantó sin mucho trabajo y acto seguido sintió que los chorros ya no bajaban del techo. Miró entre sus piernas y confirmó la ruptura de la fuente; quiso entonces dejar nuevamente la cubeta sobre el suelo pero al dar un paso resbaló. Irremediablemente cayó vaciando sobre sí el agua de lluvia acumulada. Nadaba sobre el agua derramada y sus propios fluidos corporales: lágrimas, saliva, sudor, sangre y líquido amniótico. Al percatarse de la situación el nuevo padre fue a buscar la ayuda de una vecina y al regresar su hijo estaba casi afuera. Subió a su señora a la cama mientras su tez morena empezaba a volver a un cuerpo pálido. Flora estaba ahí, como un pez queriendo escurrírsele a la joven y temblorosa mujer que la paría. Estaba íntegra, como la pieza de orfebrería más perfecta que un hábil joyero había podido diseñar. Estaba viva…Era su cría…Era suya…Era de ellos.

Tan pronto como nació la criatura, arreglaron todo para dejar el albergue. Habían logrado ahorrar lo suficiente manteniendo en el mismo banco para el que él trabajaba todas sus quincenas. En realidad los dos preferían hacerlo debajo del colchón pero al ver habitaciones con objetos robados, percibir en el ambiente el inconfundible aroma a marihuana y escuchar los fuertes enfrentamientos verbales que algunos sostenían, supieron que sus compañeros de asentamiento no eran precisamente la apetecible tranquilidad con quien podían degustar el plato fuerte de una sana convivencia.

Por fin habían podido abandonar también aquel albergue. Arrendar un lugar modesto pero acogedor y ofrecerle a su hija algo mejor que un paisaje de ladrillos que se devoraba el tapiz verde de los cerros a los que el gobierno de turno los había confinado. Todo iba sobre ruedas hasta que los pitos de la alarma paternal se dispararon. Habían pasado algunas horas desde su llegada a la nueva casa cuando en una de las habituales lluvias del verano bogotano los dos saltaron dentro de la cama. Pensaron que por efecto de un trueno el mismísimo cielo caía sobre ellos. Sin embargo, en medio de los dos, completamente absorta en el baile de un dinosaurio maricón que en el momento emitía la televisión, la niña se había mantenido inalterable. Una visita al médico pediatra se hizo entonces urgente.

Hasta ese momento, ellos habían sido como dos tenias más nadando despreocupadamente en los ricos desechos del grueso intestino capital. No obstante, una audiometría simple masacraría su tranquilidad.  Como consecuencia de un episodio de lesmaniasis sufrido por su compañera durante los primeros meses de embarazo, su hija había nacido irremediablemente sorda. Volvieron a su casa casi a rastras y creyendo que sin duda alguna hacían parte del reino protista. Pensaron en las alternativas… Reflexionaron mucho en esa alternativa… Decidieron que lo mejor era optar por aquella alternativa. Flora había sido el motor de los dos y traerla al mundo aún sabiendo que en éste la humanidad daba muestras de franca involución, los hacía enteramente responsables de su “feliz” presencia en el mismo.

Salieron por la mañana al día siguiente, todavía con la noche pegada en la cara y una asimilada orden mental de autofusilamiento emocional. Recorrieron el lugar escogido antes de hacerlo, la vergüenza los hacía examinarlo hasta comprobar que nadie viera. La Secretaría de Salud Pública había instalado un “Baby Box” cerca a su barrio. Las madres que por X o Y circunstancia no podían o querían conservar a  sus bebés los dejaban ahí, en donde no tardaban nada en ser atendidos y posteriormente entregados a una pareja acomodada, inscrita en una lista de espera para poder adoptar. Abrieron la tapa de la caja incubadora que se hallaba pegada a la pared de un edificio sin nombre, depositaron primero una nota cuidadosamente doblada cuyo interior rezaba: “Flora, tus padres te aman.  – Necesita cuidado médico especializado.”

Las fuerzas de la madre con el plan habían llegado hasta ahí.  Entregó la bebé a su compañero y éste se apresuró a acomodarla aprovechando que aún dormía, pero al hacerlo despertó. Al exguerrillero le fue imposible no esperar que la tierna pereza en los ojos de Flora terminara. Ella lo miró vivazmente y enseguida le sonrió. Era una clara afirmación, algo así como yo te conozco, no de hoy o de ayer, sino de mucho antes… Y su mirada curiosa se entrecortaba al fruncir débilmente su ceño, como preguntándose ahora: ¿Quién eres tú?… La llevó a su pecho, tomó a su compañera de una mano, dieron la espalda a la vacía caja-cuna y retomaron su marcha.

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