Un perro ovejero es el principal motivo para que dos personajes, sin aparentes similitudes, emprendan un viaje en bicicleta, que se convierte también, en un viaje por sus temores y esperanzas.  ‘Todo va a estar bien’, una novela de Ricardo Silva Romero, editada por Alfaguara, es la recomendación de Isabel Salas. 

 

‘Todo va a estar bien’, el título de una de mis lecturas recientes y, también, una de mis frases favoritas. Muchos las llaman frases de cajón, esas que aplican a la hora de escuchar las crisis de los otros, en el justo momento en el que se debe responder algo. A mí, esas dichosas frases de cajón, me simpatizan. Casi todas con su genérica solución ante las cosas, que pretenden explicar todo, pero no explican nada. Me gustan. Son esos malabares del lenguaje que nos inventamos para tener lo que normalmente todos buscamos: una respuesta, una razón.

Y por eso, justamente, esta es también una de esas frases que me digo con frecuencia, de esas que uso para mí cuando el norte se me ha perdido o, simplemente, cuando siento miedo o incertidumbre. Es el regreso a la certeza. Un ancla.

Unas letras color lila que pintan esta, una de mis frases favoritas, encabezan la portada del libro. Después, un magnifico dibujo nos presenta a sus dos personajes principales pedaleando en una bicicleta para dos: Un señor -con esa mirada de lado que denota tener pocos amigos, un sombrero y un gran bigote- en la silla de adelante; y una niña – de ojos grandes, chaqueta amarilla y morral a la espalda- en la silla de atrás. Ahí, justo en la portada inició el viaje para mí. Como esos amores a primera vista en los que desde el inicio se espera todo.

Este libro de Ricardo Silva Romero es, sin duda, un viaje en bicicleta por carretera: sinónimo de belleza, libertad, diversión, pero también de dificultad y dolor. Con altas dosis de humor y unas descripciones prodigiosas, esta obra nos permite conocer a tres personajes inolvidables: al doctor Jeremías Rey, a la niña Olga Aldana y al perro ovejero Góngora.

El doctor, un psiquiatra para perros que lleva años sin salir de su casa, que siente una simpática aversión por los humanos y una empatía desbordada por los animales. La niña, quien además de ser genio, es audaz y valiente. Y el perro, un canino desesperado con su pasmosa rutina, a punto de la locura, a punto de ser como un humano más.

Un día, tras asistir a una consulta con el doctor Rey, Góngora decide dejarlo todo. Y es entonces, cuando su niña, Olga, desesperada por encontrarlo decide ir tras sus pasos, pero no sola, debe hacerlo con el psiquiatra para perros, el último que vio a su peludo amigo. El doctor Rey, impulsado por la culpa y la insistencia de la niña, accede a dejar sus días de calma para ir en busca del perro ovejero.

Estos tres personajes, cruzados en una Bogotá a inicios de los ochentas, nos llevan con sus ilusiones, temores y pasados, a una aventura no sólo geográfica, sino también emocional y transformadora, tanto para ellos, como para quienes los leemos y vemos. Y los vemos muy bien, porque, con gran acierto, esta historia está hermosamente acompañada por los dibujos de Paula Bossio, ilustraciones que por su técnica parecen estar dibujadas a lápiz sobre el mismo libro que se tiene entre manos, y que hace inevitable enamorarse de Góngora, querer abrazar todo su cuerpo grande y peludo; reírse de las expresiones y formalismos del doctor Rey; y, como fue mi caso, identificarse con la señorita Aldana, con sus lentes grandes, su maletica de E.T. y sus botas ortopédicas.

Léanlo, una y otra vez. Aprecien sus dibujos detenidamente, no dejen escapar los detalles. Y prepárense para disfrutar de esta novela, que no es otra cosa que un ancla sobre lo que realmente importa en la vida: los otros y las relaciones que establecemos con ellos. Esos lazos que son fuente de todo… Esperanza, miedo, certeza, amor.

 

Pd 1: Hace unos días conocí a Ricardo Silva Romero, muy amablemente firmó mi libro, fui feliz y le hablé de esta recomendación que haría sobre él. Y bueno, aquí está querido Ricardo.

Pd 2: Felipe me regaló este libro hace un par de meses, en mi último cumpleaños, y fue casi como un presagio. Desde entonces, creo que lo que más le digo, y me digo, es justo eso: “¡Todo va a estar bien!” De veras, lo estará.

 

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