Una historia acerca de lo inevitable. Conozcan a ‘Amalia’ en la nueva colaboración de Jimmy Morales. 

 

Amalia, amante de las cosas exquisitas. Nació y vivió siempre en el norte de la ciudad, en el lugar más privilegiado, se educó en los mejores colegios y todas las tardes se refugiaba bajo los sauces en la parte trasera de su casa, la que heredó su padre de su abuela, una dulce y bella mujer polaca que llegó a este país por los años treinta, huyendo por las premoniciones de sus padres que le decían: «vete ahora, que las puertas del infierno no se han abierto por completo»; quizá a ella le deba sus brillantes ojos azules y su piel suave y blanca. Allí, bajo las hojas tristes, los sauces la escuchaban y guardaban sus secretos y deseos; fueron sus confidentes y testigos de sus lamentos, el mundo que siempre la vio feliz, no imaginó que era tan triste como aquellos árboles que la abrazaban al caer el sol.  

Fue la más atlética de su clase, la más alta, la más delgada. Siempre estuvo en la liga de atletismo, lo que llenó de singular orgullo a su padre, quien no dejaba de limpiar y acomodar las medallas y los trofeos que se abarrotaban en un cuarto de honor, allí, también estaban sus otros logros; congeladas en el tiempo, las fotografías de sus hazañas: la primera vez que solitaria recorrió Europa. Cuando intentó escalar el Aconcagua y solo subió lo suficiente para que el viento jugara con sus cabellos y pudiera exhibir sus atuendos de altura. Estaban en las  que posaba con animales exóticos de todos los continentes visitados, creía, que los seres únicos debían al menos estar juntos una vez, así fuera en una fotografía.

Su madre había acomodado en el mismo cuarto un Steinway Modelo D, un hermoso piano de cola de cuatrocientos ochenta kilos; ella siempre deseó que tuviera talento para la música, así como su hermana había nacido para ser chelista, deseaba profundamente que los largos y delgados dedos de Amalia fueran la marca de su destino, no dejó de pagar las clases dominicales de la profesora Clarisse, una talentosa y estricta mujer que pasó los mejores años de su vida en la Sinfónica, refugiada doce horas diarias en la esquina de la percusión.

Cuando llegó a sus diez y seis años se percató que le gustaban más de la cuenta las horas que compartía con su madre, las tardes de los sábados pasadas entre los vestidores de los almacenes de moda, adoraba ver como se medía infinitamente centenares de prendas, zapatos y accesorios, fue allí cuando por primera vez, le dijo que quería ser como ella.

Trabajó durante diez años, siempre en el mundo de la moda, su sensibilidad con la cámara le había dado una reputación incuestionable, por lo que cuando decidió mostrarse al mundo no hubo reproches, gastó todo su dinero en conseguir lo que consideraba le faltaba, su verdadero cuerpo. Ya sus rasgos heredados de una estirpe euroamericana, le daban un aire de particular belleza, era una escultura arrancada de la roca sin mayor trabajo, así, entre hormonas y bisturí, mató para siempre su verdadero nombre: Arturo.

 

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