Un cuento sobre el amor y el adiós: presentamos ‘Por siempre’, una colaboración de Manuela Cardona ¡Disfrútenla!

 

Gélido, nostálgico y más parecido a un sarcófago:

“¡Bienvenidos a Ezeiza!”.

Lo único familiar era la nunca añorada “tonadita colombiana” que hacía fila frente al counter de Aerolinias Argentinas. Un gato, una maleta de bodega y una mochila de mano, 2 años de recuerdos, 45 kilos de peso menos en su cuerpo, 7 horas de espera y el último abrazo aún tibio en la piel. Gélida, nostálgica, un sarcófago.

*

Eran los últimos días de noviembre y la primavera argentina lucía su brillo multicolor. El sol de las 4 de la tarde jugaba con el viento y este, a su vez, sacudía los follajes nacientes. Los jacarandás florecidos se mostraban imponentes en medio de la Plaza de San Isidro, justo al lado de la Catedral. Una obra de arte celestial.

Dándole la espalda a ese poema escrito por Dios estaban ellos, mirándose fijamente, empezando a redactar entre susurros de prosa y verso su propia oda a la vida. Ninguna persona que estuviera sentada cerca hubiera sospechado que esa era la primera vez que se veían. La conversación estaba llena de carcajadas e infidencias, de gustos compartidos y otros no tanto, de la enumeración de sueños secretos por primera vez confesados llena de esa complicidad familiar que adquieren los amigos de muchos años. Lentamente mientras rodaban las palabras, la primera persona de los verbos pasó, sin mucho esfuerzo, de ser conjugada en singular a convertirse en promesas en plural. Qué lindo sonaba ese “nosotros”.

Los silencios servían para refrescar la garganta con el licuado frío, pero también como una excusa para viajar al futuro: mirándose fijamente en silencio confirmaban que su “felices por siempre” había llegado y que esos mismos ojos que ante ellos brillaban por primera vez serían los que estarían mirándolos llenos de lágrimas su último día en la tierra.

El silencio también era un viaje al pasado, mientras alguno de los dos hablaba el otro escuchaba: él era un judío de 32 años, cuya familia migró de Polonia durante la Segunda Guerra Mundial, heredó por ello unos preciosos ojos azules. Sólo tomaba Coca-Cola si estaba helada y en botella de vidrio, trabajaba diseñando videojuegos y viajaba por el mundo. Ella, por su parte, tenía 21, había nacido en Colombia y llevaba dos años viviendo en Buenos Aires. No entendía cómo podía rodar el mundo sin café. Un día se dedicaría a escribir literatura infantil.

El silencio también detuvo el tiempo y caminó junto a ellos a la ribera del Río de la Plata, se quedó mirando sin moverse de su lado el gran espejo que formaban las aguas y fue cómplice de un beso que sólo necesitó de su presencia para decirlo todo. La oda a la vida fue más inmensa en el silencio.

Ella llenó de Coca-Cola en vidrio su nevera y él compró café colombiano a precio inflado para preparárselo cuando la nostalgia la golpeaba. Fueron a cine, comieron y bailaron, caminaron por Puerto Madero y soñaron con viajar al sur, muy al sur y luego al norte, muy al norte. Ella le susurró al oído “por siempre” y él le creyó.

Los bandoneones en las calles empezaron a reemplazar la festiva música propia del verano y junto a su sonido empezaron a crujir las hojas bajo los zapatos. El suelo de la Plaza de San Isidro se vistió de las flores que los jacarandás soltaron, y allí, en el mismo lugar que empezaron a hablar en código de nosotros, él le dijo “por siempre” entregándole un anillo. Ella aceptó.

Esa noche mientras él dormía ella rodaba el anillo por su dedo anular. “Por siempre”, suspiró. Y la conmovió la idea de envejecer al lado del hombre que amaba, de ser la mujer que traería al mundo a sus hijos y que cuidaría de ellos. Se imaginó cada mañana de su vida despertando al lado del mismo hombre, amando cada uno de sus defectos, exaltando cada una de sus cualidades, luchando a su lado cada una de sus batallas. Total, apenas tenía 21 años y una vida entera para amarlo… por siempre.

Pensó en el próximo viaje a Colombia para organizar los detalles correspondientes, no podía olvidar nada: vestido, flores, llamar a los amigos de toda la vida y avisarles que ellos serían los padrinos. Se imaginó los ojos azules de él brillando de emoción al verla llegar al altar con un buqué de orquídeas en las manos: bendiciones del rabino, un beso, romper la copa y caminar.

Se imaginó a todas sus amigas de la universidad engalanadas con los trajes más hermosos viéndola caminar por el pasillo iluminado tomada de la mano de su nuevo esposo e, inmediatamente, las recordó ojerosas y cansadas, usando un lápiz para recogerse el cabello mientras estudiaban en la madrugada. La boca le supo a café. Recordó los viernes sentadas en cualquier acera tomando cerveza y riéndose con carcajadas estruendosas sin que les importara el sueño de los vecinos, hablando, como si se tratara de ganado, de los hombres que las rodeaban. Sonrió nostálgica y anhelante mientras que en otro plano de su mente lloraba un niño: ojeras sin lápices, ojeras de teteros.

El anillo se mantuvo rodando por su dedo, un circulo de oro que gritaba “por siempre, nosotros” en su mano. Suspiró, enlistando de nuevo los pendientes: vestido, flores, llamadas, decoración, convertirse en lo que siempre odió, renunciar a todos sus sueños, y ¡por fin! el gran día.

*
Abrazo tibio en las puertas de Ezeiza y “llamáme cuando llegués”. Ella inhaló con fuerza su perfume, intentó guardar en la memoria el olor de esos versos que escribieron juntos. Le acarició el rostro y miró, una vez más, la maravillosa herencia de su familia. Deslizó su mano por la espalda y dejó caer, con mucho cuidado, el anillo en el bolsillo trasero de su pantalón. Le besó los labios y dio media vuelta.

Nostálgica, gélida, un sarcófago. Jamás regresó ni vinieron a buscarla.

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