Un nacimiento, un amor y un dolor: ‘El primer llanto’, un cuento de Karen Viviana G. Álvarez para Tejiendo Versos. 

 

Era necesario que ella juntara fuerza para que lograra llegar al hospital porque la bebé no podía nacer en el suelo. El tiempo marcaba las 3:30 p.m. La presión de ver constantemente el reloj era inevitable. Parecía que su inconsciente pretendía detener el tiempo, en ese instante dudó de si quería escuchar respirar a la bebé. Posiblemente saldría de su estómago muerta, o moriría después de respirar al menos una vez. —Señora, su hija está muerta. —No, ella no podría tolerarlo porque sería una madre ejemplar.

En medio de gritos y sollozos supo que nada importaba, excepto sacar a la niña de su cuerpo. Se sentía como un árbol vulnerable, un árbol que se prepara para ser el próximo en ser talado. Ella fue la creadora del dolor porque le repetía a su esposo —Quiero tener una niña contigo— es como si el árbol creara su propia hacha. En ese instante, caminando sobre una silla de ruedas, sintió agua nadar entre sus piernas, toda la fuerza iba deslizándose por ahí. Las contracciones eran la fuerza de la naturaleza contra ella, eran el puño de la bebé reclamando un lugar en el mundo.

Doctores y enfermeras la sujetaron con fuerza para acostarla en una camilla, mientras que ellos abrían sus piernas observó que el lugar era negro. Por primera vez sintió la esencia del existir. El aire huele, y huele a hierro, a hospital. La bebé nacerá en este existir, en donde el tiempo recuerda que cada presente es un arrepentimiento del pasado.

El reloj marcaba las 4:00 p.m. y su memoria no dejaba de recodarle aquellas voces que le insinuaban que la bebé no debía nacer. La voz de él, su esposo. Recuerdos de escucharlo anhelar tener un barón: para jugar fútbol con él, para enseñarle billar mientras crecía, para recordarle usar condones y no dejar embarazada a alguna niña ilusionada, para regalarle carros a control remoto, para prohibirle el cigarrillo, para ofrecerle el sabor del whiskey, para abrazarlo en navidad y año nuevo, para otorgarle su primer balón, para tantas cosas que no podrían ser posibles por la bebé. La bebé se convirtió en la peor decisión de ella. Sintió una leve esperanza al considerar que nacería muerta, o que moriría poco después de nacer. No encontraba motivos para traer a este tiempo una vida no querida, era injusto con la bebé y con ella misma. Será mujer, la sociedad punzará sobre su condición humana, así como hicieron con ella. —La bebé es un punzón más —se repetía en su cabeza mientras pujaba con todas sus fuerzas.

El retorcimiento inevitable creaba gotas en su frente que se mezclaban con el sudor del doctor y las enfermeras, la habitación poco a poco se impregnaba de dolor. Parecía que las paredes lloraban junto con ella. El presente no terminaba, tal vez era necesario un aliento más agudo para que ella muriera, si moría en ese instante la bebé también lo haría. Morir se convierte en una opción inmediata cuando se está en el proceso de parto. —Tal vez los hombres no se embarazan porque no lo soportarían —pensó.

A las 6:00 p.m. un grito ensordecedor interrumpió de inmediato, el llanto no cesó por minutos desde que halaron la pierna de la bebé. La bebé ¡vive! Y ella ya no es ella, es su madre. Los doctores cubrieron a la niña con una sábana blanca, el ser de la criatura codificaba la única luz que se encontraba en el lugar. Las enfermeras juntaron sus brazos para sujetar a la pequeña niña, se acercaron a ella y con una sonrisa le entregaron a la bebé. Sólo bastó ver a su hija por un segundo para saber con certeza de que era la más bella naturaleza que ha existido ante sus ojos, la había creado ella. Una lágrima se deslizó por su mejilla. —¡Perdón! —repetía una y otra vez. La lágrima se convirtió en alaridos incontenibles. Ella besaba a la bebé con todas sus fuerzas y deseaba no soltarla jamás.

Agarrarse de sus cabellos, retorcerse en la camilla, patalear con brutalidad; fue la manera en que demostró su llegada: la culpa se asomó por la puerta de la habitación y la saludó con una sonrisa hostil. El olor a hierro se materializó de inmediato, la sombra negra llegaría para no irse nunca.

Share This