Una mujer que narra su historia, una historia de amor, desilusión y venganza: ‘Locusta en el cerro’, un cuento de Manuela Cardona, estudiante de la Universidad Autónoma de Colombia, que se une a Tejiendo Versos ¡Disfrútenlo! 

 

Francisco llega siempre muy cansado a la casa, y no lo culpo, yo supongo que eso de andar todo el día manejando debe ser muy difícil y cansador. El pobre lidia con el mal genio de la gente y el trancón. Además mire cómo está de flaco y ojeroso. Sale desde antes de la 6 de la mañana y llega pasadas las 10 de la noche, sin ganas de saber de nadie. Sólo tiene ánimo para tomarse el caldito e irse a dormir.

Lo primero que debe hacer es picar la cebolla, el perejil y un diente de ajo, todo eso lo pone a sofreír con un poquito de aceite o mantequilla en la cacerola grande, porque eso sí, le gusta tomarse su buen platado de sopa, a veces hasta repite. Luego de eso se le echan las papas, con un poquito de sal y pimienta y espera un rato, mientras lo mezcla con una cuchara de palo.

Yo al pobre a veces lo compadezco, pero no tengo la culpa de que él haya elegido su desgracia, intenté que viviéramos una vida diferente. Cuando nos conocimos los dos estábamos en la universidad, a mi mis papás me estaban pagando arquitectura ¡y ni le cuento! era buena y me gustaba mucho. Pero eso ya pasó. Él estaba estudiando diseño industrial, y tarde me enteré que ya tenía a Magdalenita y que estaba casado, y eso que apenas teníamos 19 años. Yo lo acepté con la niña, porque él me dijo que se estaba separado de la mujer, llegaba todo golpeado a la universidad, con marcas en la cara, arañado.

A él no le gustan las papas doradas así que cuando ya toman el saborcito del sofrito, les hecha el agua y entonces sí se piensa en qué más se le puede poner. A veces le pico unos pedazos de carne o le pongo pollo. Aunque también es difícil, hay días en que no hay para ninguna de las dos cosas, entonces le agrego más papa y un caldo de gallina de esos que vienen en cubo, para que le de sabor a algo.

Resulta que al final de cuentas Francisco sí se separó de la mujer, y yo estaba más que encantada. En mí casa jamás les gustó mucho porque decían que era de mal genio, pero sinceramente él jamás me había pegado. Siempre que le daba un arranque de ira volvía pidiéndome perdón y yo lo perdonaba. Las primeras veces fue porque lo amaba, luego porque ya la panza me empezaba a crecer y mis papás querían saber la fecha del matrimonio.

El truco de la sopa es que la papa no se deslía, porque si no queda un mazacote lo más de feo, a Francisco le gusta que quede bien líquido y la papa tiene que quedar enterita, que se pueda morder, pero hay que tener cuidado porque si queda muy dura no se la come. Lo importante es que se la tome toda, si repite, mejor.

Luego nació Juliana, yo debí hacerle caso a mi papá y no dejar de estudiar, pero cuando uno es joven es rebelde y cree que puede hacer de todo. Me vine a vivir con Francisco, que sí siguió estudiando y yo me dediqué a cuidar a la niña, vivíamos de lo que nos traía mi mamá. Imagínese, yo, una niña de su casa y bien consentida tuve que empezar a lavar pisos y baños con la bebé a las espaldas. Ahí sí me di cuenta que mis papás tenían razón cuando dijeron que Francisco era malgeniado, un día me reventó el labio porque no le tenía ni un caldo de papa cuando llegó por la noche. Y aunque pensé en irme a mi casa a pedirle clemencia a mis papás, me acordé que el sacerdote me dijo que si me separaba me iba para el infierno… yo no quería dos vidas en el infierno.

Entonces, comadre, el secreto es que la sopa tiene que quedar deliciosa, especialmente cada 7 días, es decir si usted va a empezar mañana, la sopa que le sirva los domingos tiene que ser especial. Yo por ejemplo, ahorro durante la semana de a poquito y ese día compro costilla y así no me la desprecia, una vez compré verduras por montón y le hice una crema deliciosa, pero me dijo que él no se comía eso tan verde y me tocó botarla por el lavaplatos. Luego me preguntó qué porque no se la había dado a la niña, ¡ay Virgen Santa!

Cuando Julianita apenas tenía 9 meses me llegó con la noticia, la vieja de la que se había divorciado estaba embarazada, y era de él. A mí se me acabó la vida, yo creo que lloré lo que nunca había llorado. El me juró que me amaba y que había sido un error y yo, lo volví a perdonar aunque más por Juliana que por mí, yo quería que creciera con un papá que la cuidara. Ahí sí, le tocó dejar la universidad y ponerse a trabajar, Don Elías le alquiló el carro y desde ahí trabaja, porque la mujer esa lo amenazó con mandarlo a la cárcel si no le daba lo de Magdalenita y José.

Cuando usted hace la sopa del séptimo día es importante que además le haga un café bien cargado o le sirva pan, porque el sabor puede ser feo. Acuérdese que tiene que poner el doble de las gotas que pone normalmente. Yo le pongo tres, todas las noches, así que póngale seis. Lo bueno de esas gotas es que no huelen a nada, por eso son un poquito más caras.

Luego mis papás se me murieron en ese accidente de tránsito, y Francisco no dejó que nos fuéramos a vivir a la casa que me dejaron porque decía que olía a muerto, yo creo que temía que le jalaran las patas, por malandro. Así que la terminó vendiendo y con eso compramos este rancho y el taxi que tiene ahora, lo demás se lo llevó el viento, y la mujer esa. Vivíamos con poquito, pero bien, los tres, Magdalenita pasaba acá algunos fines de semana y salíamos a comer helado o al parque, yo era feliz. Hasta que ese sábado llegó esa mujer con una carita muy sonriente y una panza que apenas se le asomaba. Nosotras no hablábamos, pero sospeché que eso que le crecía adentro también era de Francisco. Él me lo negó durante años, pero hace cinco semanas me dijo la verdad, que Mateo también es hijo de él.

Desde eso le hago sopa todas las noches, él apenas me habla y yo apenas le respondo. Trato de que me quede lo más rica posible, porque sé que a él le gusta mucho tomarse la sopita, dice que es lo único que no le hace daño, que todo lo que come en la calle le da vómitos y dolor de estómago. Si supiera el pobre hombre, ya no tiene fuerza ni para levantarme la mano cuando hago mal el aseo o no tiendo la cama, él sólo se acuesta y se duerme.

Yo sé comadre que a usted también le da miedo el infierno, pero yo estoy convencida que es mejor soportar el fuego eterno que aguantar los golpes y los gritos. Comadre, es que hasta acá lo escucho y eso que usted vive bien arriba de la montaña, esté tranquila que nadie se va a dar cuenta y seguro culpan a las borracheras que se mete su marido. Después de eso, se viene para acá y se queda conmigo, total, ya tenemos el infierno ganado.

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