Jimmy Morales se une a la comunidad de Tejiendo Versos con ‘Esa misma mañana’, un cuento sobre la vida, la muerte, las casualidades y Kurt Cobain ¡Bienvenido! 

 

Han pasado veintidós años desde que tus manos empuñaron y usaron aquella arma. Imagino que hoy no te sientes tan confundido, imagino que hoy es solo un recuerdo; no entendiste los motivos, ni las respuestas con las que permitiste dejarlo como un “simplemente pasó, ya pasó”.

Quizá hoy debas pedirte perdón por no haber insistido en continuar accionando el gatillo. En ese momento dos veces indicaban más que una probabilidad, era un mensaje de un lugar más allá de tu presente, quizá, si no te hubieras detenido, no habrías sufrido tantas y continuas frustraciones, no pasarías los días y las noches renegando de esa humanidad a la que tanto desprecias, y a la que siempre has deseado no pertenecer.

Perdónate entonces por no impedir ver y sentir ese mundo insípido, sin  gracia  y sin memoria, quizá debes escribir esto, porque empiezas a contaminarte de esa despreciable condición humana.

Es verdad que el sufrimiento de quienes te aman sería lo peor de todo, no has dejado de imaginar su culpa y desconsuelo; jamás hubieran entendido que tu decisión fue meditada por horas, que se hicieron días y meses; y no el producto de una momentánea tristeza. Lo que pensabas era razonable y no un simple arrebato, quizá ahora piensas que lo sucedido ha valido la pena.

Es importante que recuerdes aquel instante, por el simple hecho de que puedas creer, que al pasar el tiempo todo fue una ficción, ahora, que tu memoria empieza a borrar los detalles, dejando ciertos vacíos que completas con largas pausas y con eternos silencios.

Allí estabas sentado al borde de la cama, contemplabas la caja azul mientras delineabas con tus dedos aquel treinta y ocho en bajo relieve; abriste la caja y cargaste aquel brillante tambor con una sola bala.

No puedes borrar el instante en el que las lágrimas se desbordaron tras arar las mejillas y los surcos de tus labios, no olvidas que en su caída, una se precipitó por el agujero oscuro, de aquel provocador cañón, que desde sus entrañas gritaba el eco de tus deseos. Y como si quisieras avivar el fuego que allí reposaba, dabas impulso desenfrenado al tic tac del tambor. El estruendo imaginado se ahogó con el estado desenganchado del gatillo. En ese instante que fueron todos los instantes, en ese moméntum en que la aguja del percutor chocó contra el vacío, por primera vez te sentiste vivo.

Se que lo recuerdas, y en los instantes en que a tu lado reposa la soledad lo recreas,  anhelas la sensación de sentir la brisa mentirosa abrazarte, mientras te grita ¡Soy…!

¿Recuerdas el poder y la adrenalina que sacudió tu cuerpo? Sabes que ese fue el motor que impulsó a repetir la escena, como si estuvieras embriagado de libertad, como si te hubieras al fin liberado tanto del sufrimiento como de las repeticiones de tu ser. Te acercaste a la liberación del espíritu. Y fuiste la vela que se apaga.

Al abrir los ojos habías comprendido que lo único que vale la pena de estar vivo, es poder sentirse muerto. Respiraste hondo, y te recobraste para continuar en este mundo, tomaste el suficiente impulso para enterarte más tarde en las noticias, que el cuerpo de Kurt Cobain había sido encontrado esa misma mañana.

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