¿Cuál es el resultado cuando una mujer habla sin tapujos de sexo puro y duro? Una aproximación a esa compleja respuesta se puede encontrar en ‘Sexografías’, un libro de crónicas de la peruana Gabriela Wiener. Aquí, Isabel Salas lo recomienda. 

 

‘Sexografías’, un compendio, que bien podría hacer las veces también de biografía sexual de la autora, aborda desde 17 crónicas una gama variopinta de posibilidades acerca de la sexualidad. A mi juicio, algunas más descollantes que otras, pero todas, con una mirada muy propia sobre la realidad.

‘Sexografías’ nos hace mirar como mira su autora. Nos habla de sexo, no sexo romántico, ni erótico, ni siquiera pornográfico, sino ese sexo que cualquiera de nosotros podría practicar, con sus respectivos deseos o temores, sólo que con varios hombres o varias mujeres, con un actor porno o con una dominatriz, a través de una webcam o en un club swinger.

Mis favoritas, sin duda, son las historias donde la cronista es a su vez protagonista, esa inmersión de la primera persona, que como es natural, no sólo permite un mayor acercamiento a la historia, sino que también deja un sin número de preguntas, de dudas, de ¿Yo qué habría hecho? O ¿Yo sería capaz?

En este, el primer libro que leo de Gabriela, se percibe una honestidad a ratos incomoda, como esa sensación que produce saber de más. Pero creo que es justo allí, donde radica uno de sus atractivos. Es una mujer casi transparente hablando de sexo, del tipo de sexo del que casi nunca nadie habla, pero que se vive a diario, en cualquier lugar. Y valga repetirlo, es una mujer, latinoamericana además, la que lo hace.

Al final, volví al principio del libro, a esa primera página con una dedicatoria que cuando leí no hizo mucho eco en mí, pero que al final cobró todo el sentido: “Para J, mi héroe enmascarado”. J está presente en casi todo el libro, es un personaje silencioso del que no sabemos más que lo necesario: Es amigo, soporte, espejo y límite. Es el marido de Gabriela.

Y como ven, después de leerla, de saberla en esas 17 aventuras, con sus satisfacciones y dolores, propios de cualquier mujer, de sentir por ella miedo y admiración, de activar mi yo moralista, mi yo libertino, mi yo feminista y hasta mi yo machista, sólo me queda llamarla por su nombre, como si se tratara de alguien cercano, de una amiga más o de mi misma, en otra circunstancia, en otro momento o en otro lugar.

 

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