El encuentro con el ser amado a la hora de dormir, puede llegar a ser uno de los momentos más memorables. Sobre las sensaciones que una noche de sueño puede traer nos habla Juan David Padilla en su relato ‘El ángel del cuello de canela’.

 

Caucho, sal, rojo, ventana, grasa, ambientado, sueño, ruta, sonido, mundo, dulce, mueve, aire, letras, puro, real, madera, crespo, amor.

Este viaje, hacia el interior de nuestro universo aberrante, idílico, viril, onírico y sugestivo nace a partir de la necesidad que tengo de sentir tu axila sobre mi rostro y leer la magia que me acompaña a diario desde aquel día que decidiste quedarte.

Hace unas noches cuando dormía en un hotel cerca a la terminal de trenes de aquel país extraño, desperté en la madrugada, no supe qué hora era, había tenido una pesadilla terrible, cosas de sombras y entes raros, de los que tú sabes que suelo soñar cuando estoy en un lugar por primera vez. Y en una oscuridad absoluta, y por unos instantes, mientras volvía a este mundo y me despedía del onírico, me desboqué. Tuve gran dificultad para reconocer el espacio en el que estaba, cuando lo reconocí, recordé que estaba de vacaciones lejos de ti, sentí un enojo enorme.

Le reclamé al universo por tu ausencia, y sobre todo, sentía que era injusto estar en esa fría noche sin tu abrazo. Y allí, resguardado en esas persianas de madera, me hice a la idea de que quizás, como en Bogotá, estarías en el baño orinando y en un par de segundos volverías nuevamente apoyando tu cabeza sobre mi hombro.

Llamé nuevamente el sueño, cerré mis ojos, y pude ver aquellas tres ventanas que generalmente están cerradas pero que dejan entrever la luz de Guadalupe y Monserrate, y al interior, aquella habitación de La Candelaria con esa cama sin espaldar, aquella biblioteca hecha con rectángulos de madera, el escritorio viejo y un par de almohadas tiradas por el piso ¡Y volví a despertar! Y volvió el enojo, y esta vez era de no poder dormir mi brazo ¡Textualmente! Pues al no sentir mi brazo dormido por el peso de tu cabeza, hacía imposible concebir el sueño ¡Lo extrañaba! Pues ya era una necesidad para despedirme de la vigilia sentir ese hormigueo.

Y entonces, puse todo mi peso sobre mi brazo, y así poco a poco logré dormir ¡Pero volví a despertar! ¿Y qué pasaba ahora? Pues faltaban muchas cosas más, entre ellas, un olor particular, ¡sí! Ese que quizás detestas tener, pero que necesito para vivir. El de tu aliento, sí, pero no cualquier olor, sino ese que tienes cuando olvidas lavar tus dientes, ese que es tan tuyo, tan particular, tan agradable para mi olfato, te sonará raro, pero es como si pudiera oler algo que está muy adentro tuyo, que no se relaciona con algo gástrico, sino, como si con cada respiración tuya se revelara algo de tu alma, sí, algo que se le escapa con tu aliento, que tiene que ver con tu aura y tu esencia propia como ser. Un olor que me deja conocer algo que no compartes solo conmigo. Que de repente me hace sentir el guardián de un gran secreto íntimo mientras duermes.

Mmmm, pero espera un poco, también falta algo más para dormir ¡Sí! Tu pecho sudoroso y caliente, ese que ofrece aquellos bellos desorientados que recorren tus tetillas, calienticas y suaves. Ese que me mojas en sudor y hace que mi pecho traspire también, para crear la temperatura ideal para dormir ¡No es justo dormir sin ello!

En vista que no pude dormir más, me senté en aquella oscuridad de aquel lugar extraño, a un costado de mi cama, a seguir recreando las noches en las que dormía contigo, esas que ahora son fundamentales para que duerma cómodo. Y que son una serie de métodos rutinarios, que ahora necesito para dormir, como aquel olor que emana tu cuerpo, entre tierra y canela, entre agrio y salado, ese humor que caracteriza tu cuerpo y que confieso que muchas veces he cerrado los ojos para tratar de evocarlos.

Y empiezo a recordar.

 

Y en ese recuerdo vuelvo a mi habitación, y veo aquellos combates de mi brazo dándote señales para que cambies de posición. Sí, para que quedes frente a mí, en realidad solo lo hago de caprichoso, porque de repente me dan unas ganas incontrolables de robarte picos, de esos pio pio que te puedo dar sin cansarme nunca. Y me doy cuenta que también los querías, y muchas veces dormido, respondes a ellos, e incluso pides más, y no sabes cómo eso me alegra el alma.

Después, me acuerdo, que la posición anterior me parecía más cómoda, y empiezo a “histeriquear” contigo. Le pido a mi brazo, ese que todavía tiene cosquilleo, a que te mande mensajes para que te des la vuelta, y a veces, solo a veces, escucho un ligero gruñido, aunque solo lo haces cuando estas profundo y mi manoteo amenaza con  tu despertar. Y entonces, como si alguien me viera, encojo los hombros, e insisto nuevamente con mi brazo, hasta conseguir que te voltees. Hay algunas veces, que tengo que decirte al oído: -Amor voltéate-. Y sé que lo vas a hacer, porque es volver a la cucharita, a esa que tanto te gusta. Y lo más impresionante es que lo haces, a veces con movimientos bruscos, y automáticamente tu espalda busca mi pecho para mantener el calor y la transpiración, y he probado que si me alejo, es magnético, tu espalda vuelve al instante a mi pecho.

Hay alguna noches, en que tu espalda y tus nalgas presionan mi abdomen, yo creo que lo hacen a propósito, sí, con el fin de causar en mi todas esas sensaciones viscerales raras que uno siente cuando ama. Como ese cosquilleo en el estomago, y tengo la teoría de que mi estomago lo hace de celoso, para buscar protagonismo entre nosotros dos.

Es imposible, que dormir contigo no sea una experiencia sugestiva y trascendente. Y, vuelvo a mi barbilla, con mi aún adolescente barba, esa a la que le encanta rascar tu cuello y tus hombros, y que logro que te arrulle para que mantengas ese sueño profundo. Y bueno, a veces, solo a veces, el gruñido vuelve, y ya lo sé, querés dormir, así que dejo de hacerlo, lo acato, pero resulta que tengo dos dedos en el pie derecho congelados, por lo tanto los pondré en medio de los tuyos. Ya sé que es corriendo el riesgo de que te molestes o te despiertes y me aprietes con tus brazos tan fuerte que sienta que mis costillas se rompan, pero aún así lo hago.

Y dejo que pase el tiempo, quizás algunos minutos, y siento que te extraño, entonces trato, “sutilmente” de despertarte, moviéndote con mi pecho, y cuando no lo logro, uso mis manos, hasta que veo tus ojos abiertos y te pido un abrazo, lo haces, y sigues durmiendo, y de repente me acaloro, y te pido que me sueltes, yo voy a una esquina, tú a otra, duermes otra vez, y me doy cuenta que ya estas dormido porque tu cuerpo vuelve enseguida a buscar el mío, y me abrazas, y quedo entre tus brazos, me viene el sueño a mi también, te veo. Tu dulzura me produce nuevamente cosquilleos en mi estomago, quizás un par de bellos de mi abdomen se erizan y logran tocar el tuyo, mi pene se excita, pero no dejo que se confunda. En ese instante me compadezco de tu brazo, y con cuidado, porque está vez en verdad no quiero despertarte, trato de voltearte, es toda una osadía, pero la logro, sin gruñido. Y tras otro par de minutos el calor de tu cuerpo sube tanto que es necesario que me aparte un poco, pero ya no quiero incomodar más, así que solo aparto mi cuerpo y dejo mi brazo dormido, para que sigas usándolo de apoyo, y mientras tanto mi cuerpo y yo giramos para quedar mirando al techo, soy feliz.

De repente vuelvo a ti, y ya no hace más frío, tampoco calor, y me doy cuenta que ya no estoy en vigilia, y entre un abrir y cerrar de ojos, me convierto en el guardián de tus sueños. Y siento el momento de máximo placer por estar a tu lado, dejo que mis manos descansen en tus hermosos testículos que me arrullan con su movimiento, siento cuando, aumentan y disminuyen según la temperatura de mi mano y entre esa hermosa danza de mis dedos en medio de tus piernas me comienzo a dormir, pero antes agradezco por entrar a ese sueño, por tu existencia junto a la mía, Y así, acerco mi cara a tu cabellera y entre olores de tu día busco perderme en ternura, subo mi mano y acaricio tu abdomen, hago círculos con tus vellos, la subo a tu pecho y la escondo en tu axila -mi lugar preferido- y me pierdo en ese hermoso sueño.

A veces despierto en la madrugada, y me doy cuenta que estás aferrado a mi cuerpo, me abrazas con fuerza, tu cabeza hace “cambuche” con mi cuello y mi pecho. Quisiera morderte en ese instante para quedarme con el sabor de tu piel en mi boca durante lo que resta de madrugada, quisiera apretarte también, pero sé que te despertaría, así que me aguanto, me doy cuenta que tú no me dejas apartarme, que pones tu boca en mi cuello y dejo que me seduzca tanto al punto de perder la conciencia.

Y es así, como aquella noche en Roma, no logré dormir feliz, ni mucho menos las noches que siguieron sin ti, y desde ese entonces no hago más que esperar la cita con mi Ángel del cuello de canela para volver a retomar esos estados oníricos tan maravillosamente mágicos.

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